Esta colección consta de una serie de 18 fotos en blanco y negro de Camila, mi ex pareja. Es un retrato de nuestra relación y la intimidad femenina a partir de su cuerpo. El presente trabajo muestra un registro de Camila frente a mis ojos, desde el atrevimiento de una mujer erotizada hasta la vulnerabilidad de sus gestos en el cotidiano.
Además de exponer un empoderamiento de la mujer respecto a su cuerpo, esta serie pretende mostrar los momentos efímeros de una relación pasional entre dos mujeres. Una fotógrafa y otra fotografiada. Una exhibicionista y otra voyerista. Ambas mujeres, desde que se prende la luz hasta que se cierra el obturador.
Lo femenino se captura desde una profunda complicidad, no desde el deseo masculino que lo objetiva. De esta manera, la expresión femenina no radica solo en los momentos eróticos, sino también en las instancias más irrelevantes y anónimas que como mujeres hemos sabido rescatar.
El blanco y negro junto con el claroscuro ayudan a construir la crudeza de la imagen sin maquillaje. Los desencuadres se transforman en protagonistas al mostrar aquello que está al margen, sin forma. Desde ese lugar aparece lo oculto como realidad.

Esta colección consta de una serie de 18 fotografías en blanco y negro de Camila, mi expareja. Es un retrato de nuestra relación e intimidad femenina desde su cuerpo. Esta obra muestra un registro de Camila frente a mis ojos, desde el atrevimiento de una mujer erótica hasta la vulnerabilidad de sus gestos en la vida cotidiana.
Además de exponer el empoderamiento de una mujer con respecto a su cuerpo, esta serie pretende mostrar los momentos efímeros de una relación apasionada entre dos mujeres. Un fotógrafo y una mujer fotografiada. Un exhibicionista y otro voyeurista. Ambas mujeres, desde que se enciende la luz hasta que se cierra la persiana.
Lo femenino se captura desde una profunda complicidad, no desde el deseo masculino que lo objetiva. De esta forma, la expresión femenina no solo se encuentra en los momentos eróticos, sino también en las instancias más irrelevantes y anónimas que nosotras como mujeres hemos sabido rescatar.
El blanco y negro junto con el claroscuro ayudan a construir la crudeza de la imagen sin maquillaje. Las desencarnaciones se transforman en protagonistas mostrando aquello que está al margen, sin forma. Desde ese lugar, lo oculto aparece como realidad.